Nuevo Laredo: 30 años de ser Iglesia diocesana

 


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El 6 de noviembre de 1989, mediante la Bula «Quo Facilius»[1] -por sus primeras palabras en latín-, fue erigida la Diócesis de Nuevo Laredo. A tres décadas de este importante acontecimiento, es interesante que nos aproximemos, al menos por la superficie, algunos elementos importantes respecto de lo que hoy es nuestro ser Iglesia neolarendense, además de la tarea que esto implica.

El inicio más inmediato: la Bula «Quo Facilius»

Una diócesis es «una porción del pueblo de Dios, cuyo cuidado pastoral se encomienda al Obispo con la cooperación de su presbiterio, de manera que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el Evangelio y la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo Una, Santa, Católica y Apostólica»[2].

Catedral del Espíritu Santo, Nuevo Laredo

Por medio de la Bula «Quo facilius», San Juan Pablo II estableció la circunscripción eclesiástica de esta nueva Diócesis. Su territorio se comprende de once municipios que fueron extraídos de la Arquidiócesis de Monterrey y de la Diócesis de Matamoros, que suman los 19,378.22 km² del territorio diocesano: Sabinas Hidalgo, Anáhuac, Villaldama, Bustamante, Lampazos de Naranjo, Vallecillo y Parás en Nuevo León; y, en Tamaulipas, Guerrero, Mier, Miguel Alemán y Nuevo Laredo, esta última elegida como sede episcopal, donde se estableció la entonces parroquia del Espíritu Santo como Catedral y, en la cual, el Obispo tiene su cátedra desde donde procura el cuidado pastoral mediante la triple función de enseñar, conducir y santificar al pueblo santo de Dios a él encomendado (Cf. Lumen Gentium[LG], 21).

El mismo día de la erección de nuestra Diócesis, el Buen Pastor dio a esta Iglesia su primer Obispo, Don Ricardo Watty Urquidi, MSpS., de feliz memoria[3]. El 10 de enero de 1990 él mismo hizo efectiva la Bula de Erección que presidió por más de 18 años, hasta su traslado como Obispo de Tepic:

«Mi primer objetivo fue darle identidad a la Diócesis como tal, pues hay municipios de Nuevo León y de Tamaulipas; dos presbiterios presentes, a los que hay que aglutinar y unir. Esa identidad diocesana fuimos construyéndola a base de relacionarnos y comunicarnos más, y de hacerme muy presente en todas las parroquias, ejidos, capillas, tratando de estar lo más posible con la gente, con los sacerdotes y consagrados (pocos entonces) y buscando el surgimiento del laicado; tarea muy bonita, pero no fácil»[4].

El segundo Obispo fue nombrado por el Papa Benedicto XVI: Don Gustavo Rodríguez Vega[5]. Tomó posesión canónica el 19 de noviembre del 2008, y la gobernó hasta 2015. En noviembre de ese año, el Papa Francisco nombró a Don Enrique Sánchez Martínez[6] como tercer obispo, quien tomó posesión de la diócesis el 13 de enero de 2016 y nos pastorea hasta el día de hoy.

Los primeros pasos del Evangelio en el noreste novohispano

Es preciso apuntar que, para comprender la historia de estas tierras norestenses -que hoy son la Iglesia neolaredense- no bastan los 171 años de historia de la ciudad de Nuevo Laredo (15 de junio de 1848) ni su referencia originaria a la fundación de la Villa de San Agustín de Laredo, hoy Laredo, Texas (15 de mayo de 1755), sino que es necesario abrir la perspectiva al entramado religioso y sociocultural de siglos que permiten a todo nuestro territorio diocesano una identidad propia. Es por eso que aquí recogemos, sin pretender agotarlo, unas pinceladas sobre los primeros pasos en la fe de nuestra tierra.

Diversos testimonios escritos[7] presentan la recia y accidentada historia de la evangelización de las tierras norteñas del Nuevo Reino de León y el Nuevo Santander. Podemos situar una primera evangelización en torno al trabajo de los franciscanos Fray Diego de Salazar y Fray Antonio Margil de Jesús del Colegio de la Santa Cruz de Propaganda Fide de Querétaro. Ellos, con la ayuda  de familias de origen sefardí[8] y tlaxcaltecas[9] fundaron pueblos y avivaron la fe sobre el camino Real hacia el norte. Citamos algunos ejemplos.

El primero lo tenemos en la fundación de San Miguel de Aguayo de la Nueva Tlaxcala, hoy Bustamante (1686). Fue un pueblo de familias tlaxcaltecas y que, desde hace más 300 años hasta hoy, custodia y venera la imagen en pasta de caña del «Señor de Tlaxcala». A escasos doce kilómetros, encontramos el Real de San Pedro de Boca de Leones, hoy Villaldama (1690), que debía ser un punto de paso importante en lo logístico y en lo religioso, ya que en él se edificó el Hospicio de Guadalupe en 1715 para las correrías de los misioneros franciscanos hacia lo que hoy es Texas[10].

En el mismo contexto encontramos el Real de Santiago de las Sabinas, hoy Sabinas Hidalgo (1693)[11], y San Antonio de la Nueva Tlaxcala y la misión de Nuestra Señora de los Dolores de la Punta de Lampazos, hoy Lampazos de Naranjo (1690-1698)[12], donde reside la parroquia más antigua de lo que hoy es nuestra comunidad diocesana: San Juan Bautista, erigida el 22 de mayo 1698. El último de los asentamientos novohispanos de esta región fue el Real de San Carlos de Vallecillo (1768) con su templo edificado en el siglo XVIII, que se conserva hasta el día de hoy.

En lo que respecta al actual territorio tamaulipeco, tenemos que remitir a las expediciones sobre la Costa del Seno Mexicano para su colonización y evangelización comandadas por Don José de Escandón y Helguera, Conde de Sierra Gorda y primer gobernador del Nuevo Santander, que estaban encomendadas espiritualmente al Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Guadalupe, Zacatecas. En razón de esto, se establecen algunas misiones a lo largo de la franja del Río Bravo o Río Grande del norte, que se poblaron de familias provenientes del Nuevo Reino de León y Coahuila.

Entre ellas citamos la fundación (1750) de la Villa de San Ignacio de Loyola de Revilla y sus posteriores refundaciones (1754 y 1767) y un proyecto de misión que no prosperó. Revilla, la hoy desaparecida Antigua Ciudad Guerrero y su parroquia, Nuestra Señora del Refugio, fue trasladada y continuada en Nueva Ciudad Guerrero[13]. En el mismo contexto tenemos la Villa de Mier de la Purísima Concepción ubicada en el Paso del Cántaro, hoy Ciudad Mier (1753), en donde se estableció la primera parroquia para estos territorios con el título de la Purísima Concepción que data del 22 de mayo de 1767.

La antes citada Villa de San Agustín de Laredo (1755), hoy Laredo, Texas, fue la única asentada en la margen izquierda del río[14].  En ella, el obispo de Guadalajara, Fray Francisco de San Buena Ventura, ordenó la construcción de una capilla misionera en 1760 y en 1789 fue erigida como parroquia, dedicada a San Agustín[15]. Parece ser que «estaba a cargo de Fray Juan Bautista García Resuárez», del Colegio Apostólico de Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas[16].

Ahora bien, no podemos olvidar que después de los Tratados de Guadalupe-Hidalgo en 1848, la frontera entre Estados Unidos y México se trasladó hasta el Río Bravo, de modo que la Villa de San Agustín de Laredo y las familias que la habitaban quedaron en el lado norteamericano. Razón suficiente para que muchos optaran por trasladarse al lado mexicano y comenzar una nueva historia. Hasta 1879 ambas partes eran atendidas espiritualmente por la Parroquia de San Agustín, ya que el 5 de enero de 1880 se erigió la Parroquia del Santo Niño de Atocha[17] (que luego celebraría su fiesta patronal el día de Navidad, por lo que también se llamaría «De Nativitate Domini») que atendería la naciente Villa: Nuevo Laredo[18].

Con este brevísimo repaso, que no pretende prescindir de los importantes acontecimientos suscitados en la historia de cada municipio, podemos notar cómo el Evangelio fue tocando e impregnando estas tierras en la obra pastoral -y fundacional- de misioneros en Villas, Reales de Minas y Misiones. Estos y sus sucesores dependían eclesiásticamente, desde finales del siglo XVII, de los Obispos de Guadalajara, luego de los obispados de Linares-Monterrey, de Tamaulipas y, durante la última mitad del siglo XX, de los Obispos de Monterrey y Matamoros, según sea el caso.

 

Por una nueva Evangelización: «Quo facilius fructuosiusque evangelica veritas disseminetur»

La Bula papal que nos erige como comunidad diocesana es clara cuando señala la misión de nuestra Iglesia particular: «A fin de que la verdad del Evangelio se difunda más fácilmente y con provecho en estas tierras de Nuevo León y Tamaulipas». Inevitablemente nos remiten al mismo espíritu de aquellos misioneros franciscanos que, hace más de cuatro siglos, se aventuraron a la primera evangelización de estas tierras. Pero todavía, más en el fondo, tanto la Bula como el trabajo misionero, tienen como fundamento el mismo mandato del Señor Jesucristo: «Vayan y enseñen a todas la Naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).

Por eso y con la firme intención de trabajar por la evangelización de nuestro pueblo, nuestra Diócesis, creada en el tiempo y el contexto presente, hace suyas las palabras del Concilio Vaticano II en su constitución pastoral sobre el mundo actual (Gaudium et Spes [GS]): la Iglesia tiene el deber de «escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio» de modo que pueda comprenderlos y responder adecuadamente a ellos (GS, 4) con el «gozo y la esperanza» de Jesucristo, es decir, con la novedad y la «alegría del Evangelio» (Evangelii Gaudium [EG]). Es por eso que desde su inicio ha asumido los serios retos y tareas pastorales entre los cuales ha caminado para que la luz de la fe mantenga viva la esperanza en toda persona y en cada rincón de nuestra tierra. Así, ya sea en lo urbano o en lo rural, como «Iglesia en salida» que se involucra y «primerea» (EG, 21), lucha por que el mensaje de Jesucristo llegue a toda persona (cf. Mc 16,15).

Ahora bien, en esta misma línea asumimos que la historia y la sociedad llevan consigo un constante dinamismo. Por eso, es preciso que señalemos brevemente algunos de los retos que creemos más significativos a la hora del qué hacer pastoral actual de nuestra realidad diocesana -que en ningún caso se desentiende o separa del qué hacer social de la Iglesia-.

Una de las dificultades que han acompañado a la Diócesis desde su fundación ha sido la carencia de vocaciones sacerdotales y religiosas: «la mies es mucha y los obreros pocos» (Lc 10,2). De esto ya era consciente Don Ricardo Watty Urquidi que, el 8 de septiembre de 1990, a solo unos meses de haberse constituido la Diócesis, dio el importante paso para fundar el Seminario de Nuevo Laredo y, así, tener una estructura diocesana de formación sacerdotal que escuchando y acompañando a nuestros adolescentes y jóvenes en la búsqueda de su vocación y misión, los ayudara a madurar en un espacio seguro para su crecimiento y desarrollo: «hasta que se forme Cristo en ustedes» (Gal 4,19). Esta importante empresa que Don Ricardo puso bajo la protección de la Inmaculada Concepción y que algunos identifican con el «corazón de la Diócesis», no ha dejado de funcionar desde su fundación, aún en medio de la escasez vocacional, la dificultad económica o la falta de un sitio adecuado a las necesidades de la vida comunitaria. Con todo, por esta casa de formación han pasado muchos jóvenes y adultos, de los cuales algunos son sacerdotes, otros padres de familia o profesionistas. En todos ellos se ha sembrado la semilla de ser verdaderos cristianos y, por consiguiente, «ciudadanos responsables».

Actualmente, nuestro seminario cuenta con 34 seminaristas en diversas etapas y centros de estudios. En la calle Pino Suárez #1455 de la Colonia Victoria en Nuevo Laredo, tiene su casa el Seminario Menor, donde residen 9, además de 5 seminaristas en familia. Por su parte, los alumnos del Seminario Mayor, debido a la ausencia de una estructura adecuada para ello dentro de la Diócesis, envía sus seminaristas a dos centros de estudios para cursar la Filosofía y la Teología: el Seminario de Matamoros, donde residen 13 seminaristas, y la Universidad Pontificia Comillas en Madrid, España, en cuyo seminario residen otros cuatro. Otros tres realizan el tiempo de experiencia pastoral.

Posiblemente, el reto más actual y significativo de nuestra Iglesia diocesana es la atención pastoral adecuada y generosa a una sociedad que, en prácticamente todos sus municipios, se ve marcada por un constante clima de violencia e inseguridad, fruto y causa de la injusticia, la desigualdad y la pobreza que terminan por entrar en una espiral interminable que día a día destruye y llena de dolor, miedo e incertidumbre a las familias y a la sociedad entera[19].

Frente a esto, que es imposible no ver y no sentir, nuestra comunidad diocesana no se queda al margen, sino que en la medida de lo posible promueve espacios de integración y reconciliación en los que las familias sean escuchadas y evangelizadas. Tenemos el deber de consolar y acompañar al que sufre, cuanto más al que, víctima de la impunidad y la inseguridad, clama a Dios sin tener ni noticia ni un lugar donde llorar a sus muertos. Por eso, y con un profundo deseo de conversión y reconciliación, nuestro trabajo gira en torno a generar «ciudadanos responsables» que, «coherentes con su cometido de establecer la paz y la justicia», vayamos construyendo paulatinamente «la casita» que Santa María de Guadalupe nos encomendó en el envío de san Juan Diego[20]: una sociedad de paz.

Aunque la migración ha estado presente y latente en la historia de la humanidad, desde hace décadas y en diversas partes del mundo ha hecho un ruido especial, posiblemente a que el fenómeno actual pretende el movimiento del sur al norte, de donde hay pobreza a donde hay mejores oportunidades de vida[21]. En lo que respecta a nuestra Diócesis, por su posición geográfica justo en la frontera de México con Estados Unidos, desde hace décadas ha conocido y trabajado con en el fenómeno migratorio. Sin embargo, es también en estos tiempos -hasta ahora- cuando más se ha visto desplomado el flujo de personas debido a los problemas sociales y económicos de diversos lugares, dentro y fuera de México. Sea como sea, podemos decir, nuestro territorio diocesano se convierte en camino de migrantes, pero no solo. Para comprender esto, es preciso distinguir al menos dos dimensiones.

La primera de ellas sería la que es fácil de identificar en los medios de comunicación y a la intuición más próxima de la sociedad, ya que se centra en las personas que van de paso, recorriendo un camino en búsqueda de mejores oportunidades de vida. Aquí entran los miles de hombres y mujeres que Nuevo Laredo ha recibido en los últimos meses provenientes de diversas partes de América Latina y el Caribe, entre los cuales destacan México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Cuba, Venezuela, además de la reciente migración proveniente de África. La gran mayoría acosados por climas hostiles de corrupción y violencia. Ante este fenómeno, la Diócesis, por medio de la Casa del Migrante Nazaret[22], responde no sólo como «un problema que debe ser afrontado», sino que lo hace poniendo la mirada en el Evangelio de Jesucristo y en la intención de la Iglesia que busca «acoger, proteger, promover e integrar» a todos los seres humanos, en la diversidad de sus contextos[23]:

«Con espíritu de misericordia, abrazamos a todos los que huyen de la guerra y del hambre, o se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza. (…) Acoger al otro exige un compromiso concreto, una cadena de ayuda y de generosidad, una atención vigilante y comprensiva, la gestión responsable de nuevas y complejas situaciones»[24].

La segunda dimensión a la cual nos referimos sería una migración que es menos evidente y difícil de atender: la que es propia, es decir, la que sale de nuestra ciudad muchas veces buscando refugio, movidos por el miedo y la desesperación ante el ya mencionado problema de inseguridad. No son pocas las familias -muchas de ellas víctimas- que han marchado a otros sitios buscando tranquilidad y, en ocasiones, teniendo que empezar de cero una nueva vida.

Por otra parte, nuestra realidad diocesana no es ajena a la profunda y compleja «crisis socio-ambiental» (Laudato Si [LS], 139) que se vive y afecta a la totalidad de nuestra casa común y, por supuesto, a los que en ella habitamos[25]. Es por esto que, por medio de la promoción de una «ecología integral» (LS, capítulo IV), nuestra Iglesia busca dar el paso necesario para consolidar una «base social» humana que, siguiendo el mandato de amarnos los unos a los otros como el Señor nos ama (cf. Jn 13,34), valore y procure la dignidad de toda vida humana, sin importar su condición, es decir, que haga frente a las injusticias humanas que, sin cesar, dañan y destruyen nuestra sociedad -nuevamente nos resuena en el corazón la inseguridad y la migración-. Y, a la vez, ésta firme intención no se puede separar de la búsqueda un techo medioambiental sano, que impida abusar de los recursos naturales, es decir, una tierra en la que sea posible vivir y con-vivir:

«En nombre de la Diócesis de Nuevo Laredo, en nombre de los pobres, en nombre de nuestra casa común y la creación les invito a comprometernos por el cuidado del agua, para proteger nuestra casa común. Al hacerlo, protegeremos a los pobres y marginados de los efectos del cambio climático y preservaremos nuestro planeta para las generaciones futuras»[26].

 

La riqueza de la Diócesis: sus personas

Nuestra Diócesis, unida a toda la Iglesia, pretende anunciar el Evangelio siempre y en todo lugar: «allí donde hace más falta la luz y la vida del resucitado» (Evangelii Gaudium [EG], 30). Esto lo hace por medio de su «riqueza» (EG, 29a), es decir, sus personas, clérigos y laicos que día a día y de diversas maneras trabajan por responder a los retos y tareas pastorales más actuales y reales.

Es por eso que creemos oportuno señalar, al menos sintéticamente, que la Diócesis de Nuevo Laredo, para atender a una población de 505 191 habitantes[27], tiene una estructura compuesta actualmente por un presbiterio formado por 53 sacerdotes diocesanos y 21 religiosos; 21 diáconos permanentes y 2 transitorios; 20 comunidades religiosas femeninas y 6 masculinas; 34 seminaristas; y grupos de laicos que, en Movimientos, Asociaciones, Comisiones y Dimensiones pastorales, suman cerca de 500 agentes de pastoral, además de aproximadamente 2000 catequistas que, a una con el Obispo, trabajan en las 42 parroquias y el recientemente nombrado santuario diocesano de Nuestra Señora de Guadalupe[28].

 

Tres décadas son el inicio

Sin mucho detalle hemos explorado distintos aspectos socioculturales e históricos de nuestra realidad diocesana, asimilando en ellos la presencia de un propio «rostro local» (Evangelii Gaudium [EG], 30), multiforme y lleno de vida, fruto de una historia entrelazada, pasada y presente, que nos une y fundamenta. Ésta, a su vez, alimenta y engrandece nuestro amor por esta Iglesia neolaredense que, como vemos, ha surgido y caminado de la mano del Evangelio y los sacramentos, entre la misión y la valentía, la precariedad y el dolor, el «gozo y la esperanza».

Con base en todo lo anterior y como el tiempo no se detiene, tenemos que recalcar que los cuatro siglos de evangelización y las tres primeras décadas como Diócesis de Nuevo Laredo son sólo el inicio de nuestra labor evangelizadora. Sin embargo, esto no puede ser entendido como un re-inicio, un comenzar de nuevo, por el contrario -aunque el lenguaje parezca traicionarnos-, el paso siguiente no es distinto a los que ya se han dado. Abrirnos sin temor a la acción del Espíritu Santo, que es capaz de renovarlo todo e infundir «la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente».

Solo bajo su luz podremos continuar y hacer que el mensaje de Jesucristo, que sana, transforma y salva, sea anunciado por los cristianos a las gentes -sin excluirnos a nosotros mismos- «no sólo con palabras, sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios» (EG, 259). Ésta, sin duda, es la clave para que el Evangelio «se difunda más fácilmente y con provecho en estas tierras de Nuevo León y Tamaulipas» («Quo Facilius»), que tanto han conocido, vivido y crecido:

«Realmente veo a futuro una Iglesia más sólida, más preparada y convencida de su fe; también un presbiterio más integrado, renovado y numeroso. En suma veo a una Iglesia más en contacto con la realidad social, económica y política; con una fe más llevada a la vida»[29].

Con estas líneas, no buscamos otra cosa que, desde una identidad bien entendida, no se apague la luz de la fe que ilumina nuestra esperanza para que el amor, que Dios ha derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5), nos haga ser la Iglesia consciente de que su vitalidad es celebrar el Misterio Pascual de Cristo, más abierta y «en salida» para todos los hombres y contextos, una sociedad más solidaria y justa y, en definitiva, una Iglesia diocesana más enamorada de Cristo.

Seminario de Nuevo Laredo

Pbro. José Salvador Rojas Sáenz

Luis Donaldo González Pacheco

Revisión

Dr. Manuel Ceballos Ramírez


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 Nuevo Laredo, 30 años de ser Iglesia diocesana.

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Edición para periódico

Laredo Morning Times (02 de noviembre de 2019 – Laredo, Texas, EEUU).

Líder Informativo (03 de noviembre de 2019 – Nuevo Laredo)


Notas al pie:

[1] Acta Apostolicae Sedis (82), 39-41.

[2] Código de Derecho Canónico, c. 369.

[3] Don Ricardo Watty Urquidi (San Diego, California, E.U.A.- 16 de julio de 1938) fue Misionero del Espíritu Santo. A los 18 años renunció a la nacionalidad norteamericana, a la que tenía derecho por nacimiento. Fue ordenado presbítero el 8 de junio de 1968. En mayo de 1980 fue nombrado Obispo Titular de Macomades y Auxiliar de la Arquidiócesis de México, recibiendo la ordenación episcopal el 19 julio del mismo año. Juan Pablo II lo eligió como Obispo de Nuevo Laredo el 6 de noviembre de 1989. El Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Tepic en 2008, donde falleció (1 de noviembre de 2011).

[4] Mons. Ricardo Watty Urquidi en entrevista para La Senda (1 de abril de 2008): «Un Pastor de gran experiencia; Mons. Ricardo Watty Urquidi» en: www.diocesisdetepic.mx/la-senda/un-pastor-de-gran-experiencia-mons-ricardo-watty-urquidi.

[5] Don Gustavo Rodríguez Vega (Monterrey, Nuevo León – 7 de marzo de 1955) fue ordenado presbítero el 15 de agosto de 1980. En junio de 2001 fue nombrado Obispo Titular de Obba y Auxiliar de Monterrey, recibiendo la ordenación episcopal el 14 de agosto del mismo año. En 2008 fue nombrado Obispo de Nuevo Laredo y el 1 de junio de 2015 fue promovido a la sede metropolitana de Yucatán, donde ejerce su ministerio actualmente.

[6] Don Enrique Sánchez Martínez (Cuencamé, Durango – 2 de diciembre de 1960) fue ordenado presbítero el 29 de junio de 1986. En julio de 2008 fue nombrado Obispo Titular de Thamugadi y Auxiliar de Durango, recibiendo la ordenación episcopal el 10 de octubre del mismo año. Desde el 16 de noviembre de 2015 es Obispo de Nuevo Laredo.

[7] Destacamos algunas obras que nos han servido como referencia: Fidel de Lejarza, Conquista Espiritual del Nuevo Santander (Madrid: Instituto Santo Toribio de Mogroviejo, 1947); Israel Cavazos Garza, Breve historia de Nuevo León (México: Fondo de Cultura Económica, 2003); Edelmiro Hernández Hernández, La Misión de Santa María de los Dolores, hoy Lampazos de Naranjo, Nuevo León. Antes del 12 de noviembre de 1698 (Monterrey: UANL, 2001).

[8] Conviene resaltar aquí la importancia del judío converso al cristianismo Luis de Carvajal y de la Cueva, primer gobernador del Nuevo Reino de León por mandato real de Felipe II. Él trajo consigo familias conversas, que conservaban costumbres provenientes del judaísmo, para poblar sus territorios, que explican algunas costumbres de estas tierras. Estas familias reciben el nombre de sefarditas o sefardí, haciendo alusión al término bíblico «Sefarad» (Cf. Abdías 1,20).

[9] Otra forma de establecimiento de poblaciones en el Noreste novohispano consistió en colocar, en lugar cercano a la misión fundada, un pueblo de familias tlaxcaltecas para que sirvieran de «modelo de vida» y de prototipo de organización económica, política y social a los indígenas recién convertidos [Cf.  Edelmiro Hernández Hernández, La Misión de Santa María de los Dolores, p. 22].

[10] Lo que la Iglesia conserva de este lugar es el Templo de Guadalupe, con grandes e históricos tesoros artístico-religiosos. Por otro lado, cabe decir, en este municipio se tiene el Templo de San Pedro, que pudiera responder a la época de fundación pero que nunca se concluyó.

[11] En su templo parroquial dedicado a San José -erigido en 1863- alberga hasta hoy un retablo barroco único en estas latitudes de México.

[12] El Estado conserva como Museo de Historia de Lampazos este inmueble que data 1698. Es probable que sea la primera edificación de la ciudad. En su tiempo funcionó como misión franciscana, luego como Colegio del Verbo Encarnado, y más tarde, como cuartel militar.

[13] «Guerrero Viejo» con su historia y sus tesoros, quedó bajo el agua de la Presa Internacional Falcón entre 1952-1954, permaneciendo así por más de cuatro décadas.

[14] Cf. Fidel de Lejarza, Conquista Espiritual del Nuevo Santander, p. 278; Por otra parte, el nombre «Laredo» remite a un pueblo en Cantabria, España. La primera referencia escrita de este lugar data del año 968 d.C., en la que se indica su existencia en el año 757 como poblado de pescadores. Es elevado a villa real en el año 1200, por el rey Alfonso VIII [Cf. «Laredo, un poco de historia», en: www.laredospain.com/historia].

[15] Cf. Diocese of Laredo, «History and statistics», en: www.dioceseoflaredo.org/history-and-statistics; El 3 de julio del 2000, el Papa Juan Pablo II erige la Diócesis de Laredo (Texas), eligiendo como Catedral la parroquia de San Agustín.

[16] Cf. Nota al pie en Fidel de Lejarza, Conquista Espiritual del Nuevo Santander, pp. 213-214.

[17] «Este Templo se construyó bajo la advocación del Santo Niño de Atocha como Patrón tutelar del pueblo». Cf. Juan E. Richer, Reseña histórica de Ciudad Laredo 1845-1885, Archivo histórico Municipal «Juan E. Richer», Nuevo Laredo, Tamaulipas.

[18] Antes, durante y después de la guerra entre Estados Unidos y México (1846-1848) y la firma del tratado Guadalupe Hidalgo (1848), los ciudadanos se defendieron como mexicanos, y como tales contemplaron el «hecho terrible» de la pérdida, desplazándose al otro lado del Río, para no perder su nacionalidad, ya que la tenían como «cuanto tienen de más apreciable», así «lo atestiguan las circunstancias, determinaciones, las palabras y los documentos», dando el paso a fundar lo que hoy es Nuevo Laredo, en una fecha que aproximamos al 15 de junio de 1848 [Cf. Manuel Ceballos, «La conformación del noreste histórico mexicano: larga duración, identidad y geopolítica», Secuencia 65 (2006), pp. 21-23].

[19] Cf. «Que en Cristo nuestra Paz, México tenga vida digna», Conferencia del Episcopado Mexicano [CEM] (2012), n. 10.

[20] «El mandato Guadalupano de “hacer una casita” -extraído del Nican Mopohua-, evoca el oráculo mesiánico de la promesa divina, hecha a David, de “hacer para él una casa”, es decir, una descendencia de reyes, un linaje mesiánico (cf. 2Sm 7,11ss; 1P 2,9-10). La descendencia mesiánica es una “familia de reyes”, coherentes con su cometido de establecer la paz y la justicia; un pueblo profético y sacerdotal fiel a su misión de interceder por las necesidades ajenas. Pero además de este aspecto bíblico, para los pueblos mesoamericanos el templo era un signo elocuente de una nación, por tanto, la invitación a construir un templo evocaba la construcción de una nueva nación» [Proyecto Global de Pastoral 2031-2033, CEM (2018) n. 9].

[21] Cf. Luis González-Carvajal Santabárbara, En defensa de los humillados y ofendidos (Santander: Sal Terrae, 2005), pp. 228-234.

[22] La Casa del Migrante Nazaret, fundada el 23 de febrero de 2004, se ubica en la calle Francisco I. Madero #350 de la Colonia Viveros en Nuevo Laredo. Es atendida por los Misioneros Scalabrinianos, por un grupo de trabajadores y voluntarios, además de la cooperación de toda la Diócesis para su sostenimiento y funcionamiento. Actualmente, tiene capacidad para albergar 150 personas, sin embargo, recibe personas hasta agotar sus posibilidades. En el actual flujo de migrantes distinguimos que, además de los ya mencionados, hay personas que esperan en la Diócesis por estar en situación de «solicitud de asilo» -que deben permanecer en domicilio reconocido en territorio mexicano por un tiempo que va de los 30 a los 60 días-, además de las personas repatriadas diariamente por EU. Como es evidente, esta situación exige hospedar a poco más de 200 personas diariamente. Hasta el 26 de octubre de 2019, la Casa del Migrante reportó que alberga 164 solicitantes de asilo: 126 de Camerún, 27 de México, 3 de Venezuela, 2 de Mauritania, 2 de Chile, 1 de Honduras, 1 de Nigeria, 1, del Congo.

[23] Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado 2019.

[24] Mons. Enrique Sánchez Martínez, «Migrantes: acoger, proteger, promover e integrar» (7 de febrero de 2019). Carta circular con motivo del arribo de la caravana migrante a nuestra Diócesis (Prot: 22/2019).

[25] Es social, porque para nadie es un secreto nuestras relaciones -entre individuos y entre naciones- no han sido las más adecuadas, de modo que este mal manejo ha generado profundas desigualdades, injusticias, y, en último término, hambre y muerte (crisis social). Es ambiental, porque también se ha visto violentada nuestra relación con la Creación que el Señor nos encomendó para administrar y cuidad (cf. Gn 2,15), y que -también- será la casa de los que vienen detrás de nosotros, de nuestra familia humana (crisis ambiental).

[26] Mons. Enrique Sánchez Martínez, Mensaje y compromiso final del Congreso Eucarístico Diocesano (Catedral del Espíritu Santo, 22 de junio de 2019).

[27] Cifra en suma según lo publicado por el INEGI en Panorama sociodemográfico de Nuevo León 2015 y Panorama sociodemográfico de Tamauilpas 2015.

[28] La parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Nuevo Laredo fue elevada a Santuario el 19 de junio de 2018.

[29] Mons. Gustavo Rodríguez Vega, en: Diócesis de Nuevo Laredo XXV aniversario (Monterrey, 2014), p. 91.

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